jueves, 21 de febrero de 2019

Veracruz: 500 años (V. El paisaje local)

Dice Watsuji en la Antropología del Paisaje (2006), que la interacción del hombre con climas y territorios produce un paisaje física y culturalmente determinado. Por ejemplo, las sociedades agrarias viven, ineludiblemente, la necesidad de adaptarse al clima y a la fertilidad del suelo, que resultan factores determinantes en los procesos de acomodamiento y distribución espacial de los seres humanos y de sus actividades, motivando la formación de estructuras y patrones de organización colectiva que, por su propia dinámica, gestan avances artesanales o tecnológicos, mayor división del trabajo y creciente demografía. De este modo, la acción humana reconduce la naturaleza de las relaciones personales hacia formaciones sociales características de sociedades crecientemente variadas en el largo tiempo, recreando el paisaje previo en uno de mayor complejidad, que se refleja en instituciones políticas y sociales de nuevo cuño. El ser individual y el ser social son interdependientes del clima y el ambiente en que se desenvuelven y forman, así, un paisaje específico.
El Veracruz prehispánico, el Veracruz colonial, el Veracruz posterior y el de nuestros días -y también el que venga en el futuro- el Veracruz mesoamericano, en suma, es y representa un paisaje singular, propio y muy nuestro. En este sentido, Carmen Blázquez, en su Breve historia de Veracruz (2000), nos dice que: “Tanto su geografía como su historia han dado un carácter especial y propio a Veracruz y a los veracruzanos. Una faja de tierra larga y angosta de contornos irregulares, bordeada por montañas y mar, expresa y explica la riqueza de su diversidad: grandes sierras, elevados volcanes, barrancas profundas, cerros que se levantan airosos sobre pequeñas planicies elevadas, cañadas por donde corren los ríos, estrechos valles y extensas llanuras, regiones sembradas de lagunas y el borde casi uniforme del litoral con las aguas azuladas del Golfo de México. Variedad y contraste en relieve, vegetación y clima, y también en lo referente a habitantes, desarrollo, cultura, pensamiento y trabajo…este paisaje natural diverso se relaciona con tiempos remotos, con el pasado ancestral cuyo brazo toca nuestro presente para hacernos comprender lo que fuimos y lo que somos: puerta de entrada para la colonización española, sitio del primer ayuntamiento novohispano, camino y paso obligado de viajeros e ideas que van, en ida y vuelta, de la costa al centro de México…
Nos preguntábamos en la entrega anterior sobre qué pueblos vivieron en el actual suelo veracruzano y por quiénes fueron sustituidos sucesivamente. Éstas son preguntas de Historia, pero también de Antropología y Etnología por lo menos, porque la opinión de la Arqueología subyace y está presente siempre. Las respuestas han sido diversas, con tonos de consenso por un lado y de diferencia por otro; empero, orientadas por el propósito de desentrañar nuestra identidad originaria, la del mestizaje y la de las formas de expresión de ambas calidades, en el contexto de lo que hoy conocemos como nuestra vida nacional. No hay resultados o conclusiones definitivas, porque todo es prematuro y siempre está en construcción en el horizonte de las historias regionales, sin que haya verdades contundentes, aunque ya hace algún rato que hemos logrado construir nombres e identidades: olmecas, huastecos, totonacas, popolocas, toltecas, chichimecas, nonoalcas…Seguiremos.

jueves, 14 de febrero de 2019

Veracruz: 500 años (IV. La Mesoamérica previa a la conquista)

Del conjunto de autores citados en nuestras entregas anteriores, se puede obtener la apreciación general sobre la Mesoamérica espaciotemporal, homogéneo-diversa, cultural y geográficamente definida: en los años que van del 900 al 1450, señalado como periodo Postclásico temprano, los límites geográficos de esta amplia región central vieron disminuir su frontera norte, ahora “marcada por los ríos Lerma y Moctezuma y una línea que pasaría por el Río Motagua en Guatemala y el Golfo de Nicoya en Costa Rica” (Nalda, op. cit.). El fin del Clásico e inicio del Postclásico estaría caracterizado por “el colapso del sistema teotihuacano”, el “abandono de Monte Albán” y “las guerras de exterminio protagonizadas por las ciudades mayas de la selva”, como lo señala Pablo Escalante Gonzalbo en “El Posclásico Temprano (900-1168)” (op. cit.). No obstante, la magnitud de los hechos documentados no serían de tal impacto que alteraran la circunstancia mesoamericana como para transformarla en una nueva civilización del Postclásico diferente de sus antecesoras. Las migraciones y la reubicación de poblaciones enteras, el indudable crecimiento poblacional y la multiplicación de ciudades, así como un mayor urbanismo y el desarrollo de obras arquitectónicas importantes, tuvieron, en esta época, el añadido de la invasión de pueblos provenientes de más allá de la frontera norte de Mesoamérica: los chichimecas.
Estos grupos eran de origen dominantemente nahua, aunque había también pames y purépechas, y su flujo migratorio norte-centro se orientó hacia los valles de Puebla y Tlaxcala, México, Toluca y hacia la meseta tarasca. El decaimiento de las ciudades “centrales” de la región y la llegada de los grupos norteños chichimecas no debió darse en absoluta paz; y a ello se debe, probablemente, el reencauzamiento de las acciones de guerra y el “espíritu” beligerante que dio un fuerte reconocimiento social, en general, a la clase guerrera (de ahí los caballeros “águila” o los “jaguar”); pero esta característica cohabitó, indefectiblemente, con su contraria equivalente: también estamos ante una época de acuerdos y alianzas (triples o cuádruples), para poder transitar con posibilidades de supervivencia, continuidad o éxito.
La primera ciudad importante del periodo Postclásico es, indudablemente, la Tula tolteca, la Tula del actual Estado de Hidalgo -aunque hubo varias “Tula”- heredera de tradiciones chichimecas y tradiciones teotihuacanas, cuyas relaciones y nexos llegaron incluso a Yucatán donde la refundación de Chichén Itzá refleja la influencia tolteca recibida, en sus diversas manifestaciones arquitectónicas e iconográficas. Con todo, Tula y Quetzalcóatl son el lugar y el dios común que reconocen, de una u otra forma, los toltecas, mayas, mixtecos, tetzcocanos, cholultecas y mexicas, en la Mesoamérica del Postclásico. En particular, no hay duda de que los mexicas consideraban su herencia y linaje directamente relacionados con la Tula hidalguense. Por eso no es casual que la caída de esta ciudad, alrededor del 1200 d. C., señale el inicio del periodo Postclásico tardío que, a su vez, concluye con la conquista española. ¿Qué pasó en el actual suelo veracruzano? ¿qué pueblos imperaron? ¿por quién fueron sustituidos sucesivamente? ¿cómo se vivieron los periodos preclásico, clásico y postclásico? ¿cuál era la situación etnohistórica previo a la llegada de los españoles? Seguiremos.

viernes, 1 de febrero de 2019

Veracruz: 500 años (III. La cultura madre)

Manuel Ceballos alude al espacio mexicano, en su colaboración inicial en la “Historia de México” que coordinó Gisela von Webser, expresando que en la comprensión de los hechos históricos la relación entre geografía e historia es estrecha y equivale al binomio espacio-tiempo. Y así, nuestro autor afirma que desde los estudios clásicos de Humboldt, Payno, García Cubas, Bassols, Bataillon y García Martínez, así como a partir del estudio y conocimiento de las referencias culturales por las cuales se dan nombres propios a diversas poblaciones, regiones, montañas o valles, “hay uno que lo preside y domina todo: México”.
Y cuando se escribe sobre las primeras civilizaciones de México, numerosos autores son del criterio predominante de que la cultura Olmeca, asentada en Tabasco y Veracruz, fue la “cultura madre” de las civilizaciones más representativas de Mesoamérica; y que, más adelante, ya en el periodo Clásico, fue durante los primeros 900 años d. C. que las ciudades iniciales alcanzaron niveles demográficos -no sin altibajos- y urbanísticos que con el tiempo consolidaron manifestaciones religiosas y culturales florecientes: Tikal, Copán, Palenque, Calakmul, Teotihuacán, el Tajín, Remojadas, Monte Albán, Bonampak.
De los autores que hemos citado en nuestras dos entregas anteriores, González y González (“Viaje por la historia de México”) escribe: “Entre los años 700 y 900 d. C., el mundo clásico se derrumbó: Teotihuacán fue abandonada y las ciudades mayas tragadas por la selva. Los sobrevivientes de las antiguas ciudades se reorganizaron, crearon nuevos reinos y conquistaron nuevos imperios. Esta segunda época de esplendor, conocida como la época posclásica, fue interrumpida por la llegada de los españoles”.
Asimismo, cuando en la “Nueva Historia General de México” Nalda refiere al periodo Clásico en el México antiguo, anota que más allá de la cerámica, la arquitectura, las fluctuaciones demográficas, los ajustes tecnológicos o la idea de nuevas rutas comerciales: “…existen en la historia del Clásico mesoamericano transformaciones que se han visto como verdaderas catástrofes. De ellas destacan dos: la `caída´ de Teotihuacán y el colapso del Clásico maya. A pesar de ser acontecimientos que se han estudiado desde hace muchos años, aún no hay consenso sobre sus causas, ni siquiera sobre la manera en que se produjeron”.
Y aunque hacia el final de esas nueve centenas de años decayeron las ciudades de la cultura teotihuacana y la maya, Mesoamérica se reorganizó bajo nuevas reglas, con lapsos de inestabilidad, con ciudades en situaciones de dominio y contradominio que, generalmente, se resolvían mediante acciones de guerra, sojuzgamiento, tributo y sacrificios humanos, que indefectiblemente se vincularon con los cultos religiosos de los que tenemos memoria pictográfica y monumental de gran valor artístico. La época conocida como el Postclásico vio surgir los imperios tolteca, tarasco y azteca. En líneas gruesas, dice Pablo Escalante Gonzalbo (ídem), que las nuevas ciudades y reinos no fueron un nuevo tipo de civilización de transformaciones profundas, pero si de copiosos movimientos migratorios que produjeron una notable reubicación poblacional, sobre todo en los años 900-1168, debido al repunte del crecimiento absoluto de la población que trajo consigo, a su vez, un mayor número de ciudades mesoamericanas, obras hidráulicas y violencia en forma de guerras. Seguiremos.

jueves, 24 de enero de 2019

Veracruz: 500 años (II. Espacio y tiempo)

Además de Wolf -citado en nuestra entrega anterior- don Luis González y González dice, en su “Viaje por la historia de México” (2009), que: “En el mundo se conocen sólo seis lugares donde se originó la civilización. En Egipto, Mesopotamia, China e India, las ciudades crecieron a la orilla de los grandes ríos; en Mesoamérica y los Andes se fundaron en las regiones montañosas. Mesoamérica se extendía desde Sinaloa y Zacatecas, en México, hasta Centroamérica. Es un área compleja y montañosa en la que se dan todos los climas y paisajes, de modo que la variedad de recursos es enorme…[y]…dieron sustento a una gran cantidad de personas…el contacto entre las diversas culturas facilitó la difusión de las ideas y los descubrimientos…todos los pueblos de Mesoamérica compartieron creencias y costumbres parecidas acerca de la religión, la política y la organización de la sociedad”.
También en este tenor, en la “Nueva historia mínima de México” (2004), Pablo Escalante Gonzalbo apunta: “si trazamos en el mapa una línea de oeste a este que una algunos sitios arqueológicos como Huatabampo en Sonora, El Zape en Durango, Chalchihuites en Zacatecas, Villa de Reyes en San Luis Potosí y San Antonio Nogalar en Tamaulipas, obtenemos una curva, alta en sus extremos y descendente en la región de los bolsones: representa la frontera septentrional de Mesoamérica en el momento de su mayor expansión, hacia el año 900 d. C. La formación de esa frontera, así como la construcción de la civilización mesoamericana misma, fue el resultado de un largo proceso histórico que empieza con la domesticación del maíz y otras plantas, e incluye el desarrollo de técnicas agrícolas intensivas, la división de la sociedad en clases, el despliegue de redes de intercambio de ciento de kilómetros y la invención de complejos dispositivos ceremoniales”.
Consecuentemente, Mesoamérica es un concepto complejo que abarca una concreta acción social, en un espacio-tiempo definido, con el que se intenta asir y definir la presencia de formaciones y grupos humanos que accionan e interaccionan en un territorio y en una cronología propia, otorgando un original sentido demográfico, económico, étnico y cultural a las manifestaciones y hechos que se configuraron en un decurso histórico auténtico, característico y singular en el largo tiempo, a tono con un amplísimo pasado proveniente del milenario poblamiento del continente, que después admitió la diversidad que portaron sus culturas más representativas, en los horizontes y épocas de su florecimiento-decaimiento.Consecuentemente, la frontera norte de Mesoamérica fue, realmente, una frontera agrícola que diferenció, en el pasado prehispánico, la división entre una civilización de pueblos sedentarios de la zona meridional de nuestro país, conforme a los límites que nos informan los historiadores en cita, distintos de los lugares y conglomerados humanos que existieron hacia el norte, de vida agrícola más inestable, dependientes todavía de la caza y la recolección. Pues bien, fue en el suelo mesoamericano de nuestro actual país donde tuvieron lugar los sucesos de alborada de la civilización indígena originaria, y el desarrollo de una profunda y rica diversidad regional. Veracruz fue la puerta y el puerto por donde inició todo: el descubrimiento y el contacto; el choque y la nueva dominación; el sincretismo y el mestizaje. Seguiremos.

miércoles, 16 de enero de 2019

Veracruz: 500 años

El periodo 1519-2019 tiene en su centro la construcción histórica, evocativa, mental, sociológica, política y jurídica del concepto “Veracruz”, que simboliza, dramática y continentalmente, el encuentro, confrontación y sincretismo de la cultura europea occidental y la multiculturalidad étnica mesoamericana. En el conjunto de nuestras modestas colaboraciones queremos abrir un pequeño arco para escribir sobre este pasado y presente, acudiendo a fuentes generales asequibles a todos nosotros, en la búsqueda y comprensión de nuestra identidad, y de nuestra patria y matria como diría don Luis González y González. Vale la pena, ojalá podamos. No todos los años se conmemoran 500 años de existencia.
En la magnífica “Nueva Historia General de México”, de El Colegio de México (2010), bajo la pluma de Erick Velázquez, en el apartado relativo a Los habitantes más antiguos del actual territorio mexicano, podemos apreciar que, más allá de las sucesivas oleadas migratorias ocurridas hace 30 mil, 15 mil, 10 mil o 6 mil años, por las que pueblos mongoloides del noreste asiático poblaron el continente americano -o pueblos de rutas alternativas provenientes de África, como algunos han sugerido basándose en evidencia arqueológica obtenida del Brasil actual- e, incluso, más allá de si fueron polinesios o vikingos quienes en los últimos cientos de años experimentaron los primeros contactos con el suelo, costas y pueblos indígenas del continente americano; podemos decir que a lo ancho de los horizontes históricos que cuentan los 28 milenios del amplio periodo lítico o de talla de instrumentos de piedra (33,000-12,000 a. C.,) caracterizado por prácticas de nomadismo, recolección, caza, pesca, agricultura y sedentarismo, a partir de reducidos y dispersos asentamientos humanos se pudieron consolidar, en esa dilatada y milenaria duración, poblaciones de mayor y creciente presencia demográfica, con formas de organización social que fueron de lo simple a lo complejo y que alcanzaron su mayor apogeo y representación en las deslumbrantes culturas prehispánicas de Meso y Sudamérica.
Señala Enrique Nalda -en el apartado siguiente de la obra en cita- que esas formaciones humanas crecientemente variadas, fueron causa y consecuencia, a la vez, de procesos amplios de concentración poblacional, urbanización, intensificación de intercambio de bienes y de florecimiento, caída y reflorecimiento de sociedades y poblaciones afirmadas, predominantemente, en el territorio mesoamericano, cuyas manifestaciones culturales (entendidas en su más extenso sentido) dieron lugar a la clasificación de los periodos históricos del Preclásico (2,500 a. C. - 200 d. C., con el paulatino desarrollo del sedentarismo), Clásico (100/250 - 900 d. C., con un sedentarismo culturalmente diverso y regional en sus patrones de construcción y asentamiento, que compartió también rasgos de homogeneidad agrícola, religiosa y de cosmovisión) y Postclásico (900 – 1168 d. C., de crecimiento demográfico excepcional, migraciones copiosas y proliferación sin precedentes de ciudades en el Valle de México)…Pero: ¿Qué es Mesoamérica? en su “Pueblos y Culturas de Mesoamérica”, dice Eric Wolf que es un concepto esencialmente cultural, de geografía propia, significado por el desarrollo de civilizaciones indígenas de gran diversidad étnica y lingüística. Nuestro actual Veracruz está situado en esta región, que abarca casi la mitad del territorio meridional mexicano hasta llegar, prácticamente, a Costa Rica. Seguiremos.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Ética, poder salvaje y derecho

Si estimamos que en el núcleo de la sociedad habitan concepciones sobre valores y principios éticos, relaciones de poder y relaciones jurídicas, es posible advertir porqué vivimos tiempos de cuestionamiento sobre la actuación de ciudadanos y autoridades, y sobre la complejidad de una convivencia social complicada. En algunas partes ha renacido la idea antigua de que el poder nace, precisamente, de la circunstancia de que hay diferencias entre las personas y de que siempre debe privar “el poder del más fuerte”, sin más, porque se dice que el ejercicio de la fuerza se justifica a sí misma y, por tanto, la idea de “bueno” o “malo” se vuelve relativa, a la medida de la mayor o menor fuerza o medios que se tengan.
Cuando al poder salvaje se le oponen elementos éticos y valoraciones humanitarias sobre la condición de las personas, y sobre la innegable existencia de una cauda de derechos humanos intrínsecamente pertenecientes a nuestra existencia, incluso desde antes de nacer, se advierte el imperativo de reglar el poder salvaje, para volverlo poder normado, y fundarse en valores amplios sobre libertades, igualdades y equidades, para dar sentido humano y social al control del poder en la cultura contemporánea. Toda ética pública supone una ética privada que precisa del complemento de reglas jurídicas, para proteger aspectos valiosos de las relaciones humanas: la vida, la dignidad, el honor personal y familiar, el respeto entre personas y el libre desarrollo de la personalidad. Todos, derechos fundamentales; aunque frágiles cuando enfrentan conductas inmorales que los dañan y que, por ello, precisan de protección jurídica desde el propio orden constitucional.
En efecto, tanto en el contexto internacional como en el nacional, se admite que los derechos fundamentales responden a una construcción de orden ético que dota de una sólida base moral al Derecho. Luego entonces, los derechos humanos que poseemos como personas, fundados en criterios éticos, deben “positivizarse”, es decir, convertirse en leyes, pues el paradigma ético, político y jurídico dominante asume que los cuerpos normativos aprobados por el Estado no crean derechos, sino que se sujetan a reconocer los que ya existen de forma universal, por ser propios de los seres humanos, y su expresión legislativa se vuelve necesaria para poder implantar, en constituciones y leyes, mecanismos e instrumentos externos útiles, con el fin de garantizar su protección a plenitud, en forma de juicios o procedimientos jurídicos diversos.
Por supuesto, la afectación a los derechos fundamentales de las personas puede ir desde lo más grave y tangible, como la privación de la vida, hasta aquella de orden intangible, aunque no por ello menos importante, como el daño moral. Hoy día, con amplitud, se ha rebasado el criterio de que solo autoridades o instituciones públicas pueden causar violación de derechos humanos. Por ejemplo, la todavía nueva ley en materia de amparo, en nuestro país, ya admite la protección por la transgresión de derechos fundamentales provocada por conductas de particulares, y nuestros códigos civiles han incorporado, de forma paulatina pero firme, hipótesis y sanciones por razones similares. Los derechos humanos, derechos sustantivos o derechos fundamentales, así como su garantía y protección, han llegado para quedarse como un elemento vivo de las democracias actuales. Bienvenidos y larga vida.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

No, Raymundo, no. No mientas

Por supuesto, me refiero a ti, Raymundo Jiménez, por la ignorancia y falta de ética con que te conduces en tu columna “Al pie de la letra”, del día 7 de noviembre de 2018, al referirte a mi persona. Por segunda ocasión, en las más de trescientas colaboraciones modestas que he escrito desde el año de 2011 en diversos medios, como parte de tareas de divulgación de la cultura jurídica y política, debo ofrecer disculpas a mis familiares, amigos, alumnos y lectores, por tener que escribir, nuevamente, en defensa de mi dignidad y honor personal y familiar. Ser ignorante significa falto de conocimiento, de modo que no es un insulto, es una condición; pero cuando ésta se acompaña de cobardía, el resultado es moralmente fatal. Y ésta sí es tu condición, Raymundo: ignorante y cobarde.
Eres ignorante, porque desconoces que nunca he sido socio de la persona que dices; eres ignorante, porque desconoces que nunca he facturado a ningún gobierno -federal, estatal o municipal, en mi vida- ingreso alguno por contratos empresariales del tipo que sea; eres ignorante, porque en la función de director jurídico de la Secretaría de Gobierno, nunca realicé algún acto de autoridad o negocio en materia de regularización de tenencia de la tierra, pues la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo o el Reglamento Interior de la Secretaría de Gobierno, entonces y ahora, son categóricos al respecto; eres ignorante, porque incluso desconoces que la función que desempeño hasta el día de hoy es la de secretario de servicios legislativos -y no de “asuntos”, verifica el portal del congreso, es fácil, cualquiera lo puede hacer- donde he cumplido funciones estrictamente técnicas relativas al proceso legislativo, pero no de orden financiero o económico: insisto, consulta el portal, no implica ninguna preparación especial hacerlo y verifica la Ley Orgánica del Poder Legislativo o el Reglamento de los Servicios Administrativos del propio congreso. Por cuanto a la “adicción al dinero” o a las “guapas chamacas”, lamento decirte que no padezco de las intenciones que, al parecer, a ti te resultan deseables o atractivas como aspiraciones de vida.
Se puede ser ignorante, frívolo o temerario, no es delito; pero pretender ser un periodista sin tener un mínimo de ética profesional es una calamidad. Y si tu “periodismo” ha estado inmerso en este tipo de farsas toda tu vida, tristemente debo decirte que toda tu vida has vivido una tragedia. Creo que en tu fuero interno lo sabes muy bien; pero en tu fuero externo, también, tus bienes demuestran a que te has dedicado con tu singular forma de practicar el “periodismo”. Tu cobardía es insultante: sólo un cobarde puede expresarse de las mujeres como tú lo haces; pretender difamar y destruir el derecho humano al honor personal y familiar, atacar la dignidad humana de una persona cuya formación profesional y posgrados (sí, Raymundo, en plural) se fundan en el esfuerzo, el mérito académico y la docencia, e intentar anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas por su condición de sexo o género, es un asunto de cobardes. Tal vez sea bueno que consultes a los alumnos y alumnas de varias generaciones, sobre los méritos profesionales de la maestra que insultas con tanta cobardía. Cuando consultes a otros, trata de que tengan un mínimo de autoridad moral. Pero no consultes a tu conciencia: ahí no existe nadie o nada que consultar. Estoy a tus órdenes como ser humano, como persona, como profesional y como hombre, aunque ignores el significado de la hombría.

La divulgación de la ciencia y la tecnología

En la década de los 80´s del siglo XX tuvieron lugar los primeros esfuerzos institucionales por responder a la necesidad de ordenar las expe...